Recompensar o no : midiendo la utilidad del jamón de la cesta de Navidad

@PCerveraRuiz

La presencia del jamón en la cesta de Navidad de muchas de las empresas españolas constituyó un hito a mediados de los 70. Se popularizó más tarde en los 80 y desde ese momento alrededor de él giró buena parte de la conversación laboral de extensos colectivos de empleados.

Soy consciente de que hablo de empleados de grandes corporaciones, empresas medianas saneadas y determinados rincones del mundo público y semi público (en fin, donde aún hay presupuesto para gasto). También soy consciente de la afrenta que supone hablar de ello en una situación social como la que vivimos. Mi análisis pretende ser aséptico o, si se quiere, nostálgico.

Con raíces en la tradición española (matanza), en la época de bonanza miles de españoles fueron instruidos en el gusto especializado del jamón, abandonando una visión simple (en la que se comía lo que había) y pasando a diferenciar bellota, ibérico, cinco y 3 jotas, recebo, etc. Al final el marketing y los expertos se han puesto pesados y la cabeza a uno le da vueltas cuando va a comprar o intenta no quedar mal en un restaurante con un amigo extranjero.

En la buena época, el jamón decente subió mucho de precio y una pieza de peso medio y calidad media-más bien alta podría rondar, por ejemplo, los 200€ (simplifico porque hay infinitas combinaciones de tipos y zonas de producción).

Su presencia en el “aguinaldo” era imponente. El truco era muy bueno: el superávit de jamón en el mercado es estructural (país de cerdos y país de ganaderos) y a la empresa le costaba alrededor del  50% de ese pvp –como mucho- , esto es, 100€ (menos iva, incluso).

El empleado obsequiado recibía un bien que costaba un ojo de la cara en la tienda, comía (no es lo mismo un jarrón con nuestro pasado paquistaní ) y de paso, era homenajeado o envidiado por amigos/cuñados.

Esto es: La empresa primaba a un empleado con 100 euros y el empleado obtenía una utilidad de 200 o más (si valoramos los intangibles podemos decir que 400).

En la mala época (hoy), el jamón ha desaparecido porque también lo ha hecho la cesta (a veces también la empresa, pero no lo tengo en cuenta para el ejemplo).

Pero además, por el superávit porcino incrementado que deriva de una bajada general de consumo el precio ha bajado enormemente. Es cierto que la demanda se ajusta (no se crían tantos cerdos) pero como promedio hoy ese jamón vale en tienda 100 euros y la empresa podría conseguirlo (en función del pedido) también al 50%.

Entonces, ¿qué ocurre ahora cuándo se deja de dar jamón?,

La empresa ahorra pues no incurre  en un gasto de 50 euros y el empleado no percibe esos 50€. No es tan sencillo: el empleado lo que percibe es una utilidad negativa de 100 euros, que valora mal precisamente por la bajada de precios. El empleado ve que la empresa no se gasta en él ni 100, que es lo que vale en tienda hoy.

Desincentiva más que tu empresa no te haya regalado un coste mísero que si lo no entregado –el incentivo no realizado- fuese extraordinariamente caro o prohibitivo. El empleado se alinea con la estrategia del ahorro de coste pero no puede dejar de calcular mentalmente.

Ese es el mejor escenario. El peor es que el empleado no esté al corriente de los precios y en él permanezca el recuerdo de “aquellos” 200-400 euros de felicidad.

Los afortunados receptores de jamón (en estos años pasados) miden su incentivo pero también su valor para la empresa a través de esa pieza de pernil:

Podría reflexionar así:

“La empresa me valora en mi sueldo  +  me premia con el jamón (200)”, pensaba en bonanza.

Hoy, “La empresa me valora en mi sueldo  –  me castiga, pues me priva del jamón (100)”.

Si el sueldo permanece constante ( que ya sé que no, pero impongamos que ceteris paribus), la variación de la valoración que mi empresa hace de mí es:

a)      Ni siquiera un jamón: esto es, ni siquiera 100 euros.

b)      Pierdo más, mi valor es negativo, me quita el jamón del año pasado (-200).

c)        Mi valor ha empeorado en lo que no me da respecto al año pasado (-200) y lo que me deja de dar este año (-100) = -300

Yo apuesto porque psicológicamente el trabajador se sitúa en c).

Como empresa, quitando las circunstancias que obliga  la austeridad, un empleado bien vale un jamón: si juego con la memoria y el empleado no bucea en 10 webs para ver a cómo está el jamón que regalo puedo incentivarle por 200/400 euros con apenas 50. Y seguro que me regala unos minutos preciosos de dedicación en el trabajo.

Esto es , si la cuenta de resultados aguanta, recomendamos incentivar. Recomendamos “obsequiar” al empleado con el esquema de compensación que se adapte a su psicología y a veces es muy sencillo.

***

Nota independiente: En las alturas (segmento prime) del mercado jamonero las cosas cambian. Hoy la producción se ha rebajado (ejemplo, Salamanca produce 2000 ibéricos a la semana , antes lo hacía al día) y la bellota se dispara. Por ello en la estratosfera de la calidad, el jamón ibérico alcanza teóricamente su máximo histórico, 4,97 euros -kilo.

Un gurú del sector dice que si no se vende en España (ni en Rusia, por el veto vigente), “habrá que buscar otros mercados, aunque no lo pagarán tan caro”.

Parece que este señor ha sido reflejado con el resplandor de lo obvio: el jamón tiene un techo en el precio. Y si bajas el mismo…vendes más! Está claro que vender barato en España puede poner en riesgo el precio para siempre y se vende más barato fuera, como en sectores similares (vino).

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